Miércoles de Ceniza

Joel 2, 12-18: “Enluten su corazón no sus vestidos”

Salmo 50: “Misericordia, Señor, hemos pecado”

II Corintios 5, 20-6,2: “Aprovechen este tiempo favorable para reconciliarse con Dios”

San Mateo 6, 1-6. 16-18: “Tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”

Miércoles de Ceniza, día de recogimiento, reflexión, oración y ayuno. Día de revisar con seriedad los ejes sobre los que se mueve nuestra vida. Muchos de nosotros asistiremos a la “imposición de ceniza”, pero corremos el riesgo de hacerlo a la carrera como un signo que poco significa y que no lo dejamos entrar en el corazón. Para algunos incluso parece una especie de amuleto,  especie de protección, pero que no influye en nuestra vida diaria. ¿Qué significa para nosotros cristianos este signo? El salmo 50 atribuido al rey David, nos va llevando poco a poco para descubrir quiénes somos, qué significa nuestro pecado, a quién hemos ofendido y qué esperamos en este día. La ceniza es una señal de arrepentimiento: nos descubrimos pecadores, le hemos fallado al gran amor que Dios nos tiene, y sentimos la necesidad de pedir perdón. Somos tan miserables que no merecemos estar en su presencia, pero el Señor nos ha dado tantas pruebas de misericordia, que a pesar de nuestras maldades, nos atrevemos a pedir nuevamente perdón. El pecado nos ha enceguecido y nos ha alejado de la casa del Padre. Nuestras incontables faltas nos manchan y nos derrumban. El miedo de nosotros mismos, la terrible convicción de que hemos vuelto a caer, nos hacen temer. Pero el salmo nos alienta y nos levanta: si hay verdadero arrepentimiento, el Señor lavará y purificará nuestros delitos; a lo que está podrido le dará nueva salud; y a lo que parece muerto le dará nueva vida. Nos hundimos en nuestras cenizas, pero Dios es más grande que nuestras miserias y nos da un corazón nuevo. Su invitación sigue resonando fuerte: “Todavía es tiempo. Conviértanse a mí de todo corazón, con lágrimas y llanto; enluten su corazón y no sus vestidos” (Joel 2, 12). No es una conversión exterior ni una apariencia como reclama Jesús en el evangelio, es poner el corazón delante de nuestro Padre que ve lo secreto. Reconozcámonos pecadores, confesemos nuestros pecados, pero confiemos mucho más en la gran misericordia de un Padre que nos está esperando con los brazos abiertos para recibirnos, perdonarnos y devolvernos la dignidad de hijos. Miércoles de ceniza, día de retorno al Padre.

Miércoles de ceniza: inicio de un camino de arrepentimiento, de morir para resucitar en Cristo


El miércoles de ceniza

El tiempo de Cuaresma, que inicia con la celebración del Miércoles de ceniza (NUALC 28), “prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la Palabra de Dios y a la oración, para que celebren el Misterio Pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia” (SC 109).

Resulta claro que, con el gesto de la ceniza de este Miércoles, se inicia un camino de preparación hacia la celebración de la Pascua; la imposición de la ceniza, por lo tanto, no puede entenderse como un rito cerrado en sí mismo: con este gesto damos simbólicamente inicio a un camino que nos impulsa y nos lleva necesariamente a celebrar en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo nuestra propia muerte al pecado y la vida nueva de la que hemos sido hechos partícipes.

¿Qué significa la ceniza?

En la tradición bíblica la ceniza hace referencia a un sentimiento de humildad, particularmente delante de Dios (cf. Gn 18, 27), y, en consecuencia, cubrir la cabeza con ceniza era un signo externo de la actitud y los sentimientos de quien, reconociendo su indignidad delante de Dios, manifiesta su arrepentimiento: este es el significado y contenido esencial de lo que llamamos “penitencia” (cf. 2 Sam 13, 19; Jt 9, 1; etc.).

Sobre esta base bíblica, la Iglesia, en torno al s. V, incorporó este gesto – imponer la ceniza – como un elemento litúrgico para aquellos que, habiendo pecado gravemente, públicamente mostraban su arrepentimiento para reconciliarse con Dios y con la Iglesia (todo pecado es ofensa a Dios y herida a la Iglesia, Cuerpo de Cristo).  Este gesto tenía lugar precisamente al iniciar la Cuaresma.  Posteriormente – en torno al s. XI –, al decaer esta forma de penitencia y reconciliación, el gesto de la ceniza se volvió de uso común para toda la comunidad cristiana: “El obispo imponga sobre ellos la ceniza y después cubra su cabeza”, dando a entender que la ceniza era impuesta sobre la cabeza, al menos para los varones, pues el uso para las mujeres era trazar con la ceniza la señal de la cruz sobre la frente.

Entonces, ¿en qué parte de la cabeza hay que ponerla?

La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II – según el espíritu que la guió – evitó entrar en los detalles acerca de la modalidad del gesto, dejando gran apertura a la elección y la oportunidad de una u otra forma.  Solo el Ceremonial de los Obispos parece suponer, al menos para el clero, que la ceniza se imponga sobre la cabeza, seguramente por la costumbre de que los clérigos la recibían en la zona de la tonsura: “…impone la ceniza al Obispo, quien se inclina…” (CE 257).

Lo que siempre será importante recordar es que, independientemente de dónde se la imponga, la ceniza no es un signo para “mostar”, para que “lo vea la gente”; se trata más bien de que “no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, de manera que “entres en tu cuarto, cierres la puerta, donde está tu Padre, en lo secreto, y Él, que ve lo secreto, te recompesará” (cf. Mt 6, 1-18).

Vivir el Miércoles de ceniza

En efecto, el Concilio recuerda que “la penitencia del tiempo cuaresmal no debe ser solo interna e individual, sino también externa y social.  Foméntese [por lo tanto] la práctica penitencial” (SC 109).

Así, cuando los fieles cristianos acudimos el primer día de la Cuaresma para el signo de la ceniza se nos dice: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”, denotando que debemos acudir dispuestos a iniciar un itinerario espiritual – en los ámbitos personal y social – hacia la Pascua.  Se trata de un iter marcado ante todo por el arrepentimiento que brota de reconocer el amor y la misericordia de Dios, experimentados de manera personal, que mueve a, que con los pies en la tierra – humildad –, cada uno se disponga a cambios concretos en la propia vida, para corresponder más y mejor al Dios misericordioso.  Solo así se comprende que este camino va necesariamente unido a un renovado y profundo diálogo con el Señor (oración) que impulsa, con su Espíritu, a modos concretos de renunciar a sí mismo, tomando la propia cruz y siguiéndolo según el modelo de la donación amorosa del que nos amó y se entregó por nosotros (ayuno y caridad).

Pbro. Lic. Luis Arturo Guzmán Ávila, 

Secretario Ejecutivo de la Comisión Episcopal

para la Pastoral Litúrgica.

Fuente: CEM

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