En este contexto la vocación a un instituto concreto es una llamada especial a representar en la Iglesia, según un carisma propio otorgado por Dios a un Fundador y a todos los miembros de dicho instituto el mismo género de vida que Jesús eligió para sí y que abrazó también en la fe la Virgen María. Este don carismático implica ser discípulo y seguir al Maestro, vivir los consejos evangélicos en comunidad de vida con Jesús y con el grupo de los llamados, ser enviados y anunciar a todo el mundo la Buena Nueva del Reino.